Siempre he tenido como objetivo final el volver a casa. Es lo que me sigo diciendo y lo que le digo a mi familia y amigos. Pero la verdad es que no sé si quiero regresar. Porque regresar se siente como un retroceso. Podría culpar al terror que supone el gobierno de extrema derecha que está próximo a asumir o acusar cuán cara es la vida en un país con las tasas de desigualdad más altas del mundo. Y no sólo hablo del índice de Gini sino también de la desigualdad relativa de oportunidades. Sea como fuese, estas no son razones reales. Podrían ser elementos que moldean mi sentir, claro está. Y aunque aún me siento en tránsito, la verdad es que pienso que quizás esta puede ser la vida que quiero llevar. El tránsito mismo podría convertirse en mi forma de vivir, y yo mismo en el hogar que construyo. Sólo necesito aprender a hacerlo sostenible en el tiempo. Dejar la fantasía de establecerse en un lugar y simplemente moverme (¿o quizás es esto sólo escapar?).
Este periplo me ha formado como persona independiente, algo que en Chile nunca pude lograr y posiblemente no podré tampoco. No tengo las herramientas necesarias para ello estando allá. Y es frustrante. Pero a la vez acá sí tengo una libertad de movimiento que no conocía. Una vida que, a mi pesar, se basa en relaciones interpersonales de corta duración pero que suplen mi necesidad de compañía. He sido capaz de organizar mi vida, planificando la ruta a seguir. He sobrevivido en espacios completamente ajenos, he trabajado con personas de diversas nacionalidades y he aprendido a conocerme a mí mismo mediante el otro.
Mis movimientos para este año están relativamente establecidos, al menos dentro de Asia. Si llego a cruzar el charco nuevamente, tengo también una idea general del trayecto a realizar en el Nuevo Mundo. Pero estar acá me llena mucho más. Me siento constantemente maravillado al observar aquellos elementos de una cotidianidad ajena que para mí son completamente extraños, al develar los relatos que marcan y establecen los imaginarios de una nación y, por sobre todo, al descubrir que existan otras vidas posibles, otras formas de crear orden y otras métricas que determinan un buen vivir.
Chile sí se está cayendo a pedazos pero porque es incapaz de incorporar a quienes hemos vivido en sus márgenes.